MIL BITCOINS ESCONDIDOS ALLÍ DENTRO – PARTE V

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INICIA LA MIGRACIÓN DE TOKENS ERC-20 DE KIN A SU BLOCKCHAIN PROPIA
marzo 12, 2019
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EUR/USD: Los alcistas alcanzan el nivel 1.1300
marzo 14, 2019

MIL BITCOINS ESCONDIDOS ALLÍ DENTRO – PARTE V

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  • Siguiente parada: Venus. No todo es lo que parece.
  • ¿Nace una nueva alianza?
  • — ¡Maldita sea! Ahora resulta que tenemos a otro entrometido pisándonos los talones. ¡Y sólo tenemos las dos primeras palabras! ¡Vamos dos palabras por detrás, Hargan! —Ritchie aulló de pura frustración, sin dejar de pasearse por la penumbrosa estancia en la que estaban.

    Una luz estática de color naranja se colaba por la ventana. No ayudaba mucho con la iluminación. La atmósfera de Venus seguía siendo tan densa que apenas podía verse el sol a través de sus nubes amarillentas, y las estrellas eran sólo un recuerdo de otros planetas cuando el larguísimo día tocaba su fin. Parecía muy acorde con su propio humor agrio.

    — Los cazadores están igual que nosotros, Ritchie —dijo calmadamente Hargan desde el escritorio, mirando una pantalla holográfica y pasando las yemas de los dedos a toda velocidad sobre un viejo teclado del XXI.

    Siempre podía recurrir a al teclado virtual también, pero prefería el teclado físico. Viejas mañas de hacker. Ritchie, detrás suyo, al fin se detuvo, resopló y enterró la cara entre sus dedos.

    — ¿Estamos seguros de eso? —inquirió el más joven— Es decir, en Júpiter estamos seguros de que no fueron ellos. Llegué antes hasta las instalaciones de donde salió el holograma y no había rastro de su gente. Alguien más, quien sabe quién, se llevó la palabra. Pero, ¿en Neptuno también se la llevó? ¿Qué tal si fueron los mismos cazadores?
    — Ritchie, revisamos la grabación que tomaste desde el tejado de enfrente unas mil veces. Los cazadores salieron corriendo de la mansión apenas apareció el holograma en el cielo y parecían tan sorprendidos como disgustados. No hay que ser adivino para saberlo. Basta con ver sus caras.

    Reflexivo, Ritchie tomó la cabecera de la silla libre y se sentó en ella a horcajadas.

    — ¿Quién crees que sea? ¿Nos habrá estado siguiendo desde la Tierra?
    — No hay nada mejor para operar que el anonimato. Una vez tu enemigo sabe quién eres, sabe también cómo defenderse en tu contra —Hargan cabeceó, sin dejar de teclear—. Sea quien sea, no se mostrará con facilidad. Incluso, puede ser…

    Tras una pausa inquietante, Ritchie instó:

    — ¿Qué?
    — Puede ser que el ganador de Júpiter no sea el mismo que el de Neptuno.
    — ¿Estás diciendo que ahora no tenemos dos individuos/grupos enemigos, sino tres? Cool —bufó.
    — No lo sabemos, pero es una posibilidad.
    — Dices que el anonimato es lo mejor para operar. ¿No deberíamos descubrir entonces quién más está detrás de nuestro tesoro?
    — Probablemente. Pero ese es trabajo de campo.
    — No todo. Sería bueno saber por dónde comenzar, al menos. ¿Alguna idea?
    — Supongo que a ti se te habrá ocurrido también: debe haber un traidor entre los cazadores. O incluso varios.

    Asintió, pensativo. En efecto, ya había pasado por su cabeza también. La tentación era demasiado grande como para que alguien no intentara pasarse de listo en un grupo ilegal.

    — Sin embargo, puede ser cualquiera. A estas alturas, “Caza del Tesoro Solar” es tendencia en MicroB. Incluso abrieron una nueva cuenta para describir todos los avances desde el principio. Incluye fotos de todos los mensajes de Hughes hasta el momento.

    Para su mortificación, Hargan dividió la pantalla holográfica y lanzó un trozo hacia él, mostrándole la ventana abierta de la mencionada cuenta en la red social. Gruñó irritado mientras subía en el hilo, viendo pasar cada mensaje aéreo de Hughes frente a sus ojos, desde el que incluía el disco hasta la última indicación a Venus.

    Entre los comentarios se intercalaban teorías sobre quiénes eran los competidores. El nombre de Hargan había salido ya a colación porque su tienda había sido el punto del primer holograma. Otros, juraban que los cazadores rojos o el gobierno tenían que estar involucrados, e incluso declaraban ser ellos los dueños de las palabras de Júpiter y Neptuno.

    Otros más, bastantes en realidad, se burlaban sobre la inutilidad de buscar “bitcoins”, una moneda que ya no valía nada.

    — ¿Los polis o equivalentes meterán la nariz en esto? —inquirió preocupado, usando el índice para navegar entre el contenido de la pantalla.
    — Poco probable. Una “caza del tesoro” no es ilegal. Menos una donde se busca una moneda que, aparentemente, no vale nada. Puede que ronden los lugares para evitar posibles desastres, pero nada más.
    — Te equivocas con lo de que puede ser cualquiera.

    Hargan le respondió con una sonrisa y un vistazo al cambio de tema. Sabía de lo que hablaba. Aun así, continuó:

    — Definitivamente no son los idiotas de MicroB predicando que son ellos. Es alguien astuto, con acceso a los suficientes recursos para emprender el viaje y mantenerse al nivel de los demás competidores, pero sin tantos recursos. Alguien con demasiados recursos no se molestaría en perseguir una fortuna que puede ser imaginaria.
    — Pese a eso, los cazadores están detrás de esa fortuna que puede ser imaginaria.
    — Saben algo que los demás no. Algo por lo que buscaron el disco en primer lugar.

    Hargan asintió.

    — Diría que la competencia está reñida a este punto. Ellos tienen ese conocimiento misterioso más dos palabras. Nosotros tenemos la moneda, el disco y esas mismas dos palabras. Otras dos palabras descansan en las manos de uno o dos individuos o grupos desconocidos, que cuentan con ventaja precisamente porque no sabemos quiénes son, con qué recursos cuentan ni cuánto saben.
    — La teoría del traidor entre los cazadores me gusta. Tiene fuerza. Veré qué susurros consigo.
    — Recuerda que les contaste sobre todos tus contactos.

    Sonrió malicioso.

    — ¿Y quién dice que mis contactos conservan sus nombres y residencias por mucho tiempo? Nunca preguntaron cómo los encontraba.

    Hargan soltó una risa.

    — Nunca hacen las preguntas correctas.
    — Nunca hacen las preguntas correctas —confirmó, aunque algo en su pecho se removió inquieto al recordar el ¿interrogatorio? de Soras.

    Bah. Seguro que sólo había sido un farol para asustarlo. Se puso en pie, dispuesto a salir a investigar entre sus contactos de Yellow Silk Road.

    — ¿Algún avance sobre ese “ático en las nubes”? —preguntó antes de intentar ponerse en marcha.
    — Estoy haciendo un listado de todas las propiedades de Hughes en este planeta —Hargan cabeceó—. La más llamativa es esa otra mansión, la Casa Negra. Cada rincón está pintado de negro, pero sólo tiene dos pisos. Supongo que tiene algún ático, pero no cuadra con la descripción de “en las nubes”, precisamente. La casa está en el campo y, como te dije, no es muy alta.
    — ¿Y qué tal si eso de “en las nubes” hace alusión a algún cuadro o lugar específico y no a la altura?
    — Lo consideré. Pero primero necesitamos marcar objetivos, así que necesitamos la lista de posibles candidatos —bufó—. Por desgracia, Venus es uno de los planetas donde Hughes tenía más propiedades.
    — Bueno, ya aterrizamos cerca de esa casa, así que vale la pena echar un vistazo.
    — Ten cuidado. Los cazadores habrán tenido la misma idea… y el ojo de Rosu puede atravesar tela de camuflaje —el tonillo alegre no cuadraba con la advertencia.

    Frunció el ceño mientras Hargan se reía. Entre los recolectores, era una especie de “deshonra” ser capturado. Su especialidad era escapar.

    — Bah, cállate —sin más, llegó hasta la puerta y buscó las escaleras para abandonar el hostal.

    **

    Un ático en un rascacielos llamado Aphrodite, justo en medio de Athenas, la hirviente capital de New Troy, una de las naciones presentes en Venus. Al menos, esa había sido la conclusión de Hargan y por eso ambos estaban subiendo al ascensor como si tal, tres días después, tras conseguir pases de visitantes para turistear las famosas fuentes con cascada en la azotea del Aphrodite.

    Como había demasiados ascensores disponibles y también otras atracciones incluso más impresionantes en la ciudad, pudieron darse el lujo de subir a un solo ascensor ellos solos. Ritchie lanzó un dron del tamaño de una gota nada más entrar, con la intención de bloquear la cámara. Sólo tras unos segundos de ascenso se permitió explotar.

    — ¡El edificio ni siquiera es de Hughes! ¡Y tiene una azotea, no un ático!

    Hargan sonrió, sin mirarlo.

    — El ático puede ser el equivalente de un penthouse. Pero apuesto a que Hughes disfrutaba los juegos de palabras… por eso nos dirigimos a la azotea.
    — Ok, eres muy listo. ¿Por qué tan reacio a compartir información?
    — Por si te capturan.
    — Ja-ja. Hieres mis sentimientos. ¿Crees que estén por aquí?
    — Es una posibilidad. Temo que no es muy difícil atar cabos en esta ocasión, y eso me inquieta. Hughes nos tiene preparado un truco. Debemos estar alertas.
    — Más vale que tengas razón con respecto a este rascacielos —resopló y se cruzó de brazos—. No debiste venir. Dividirnos ha probado ser una buena idea.
    — Esta vez, nos serán útiles dos personas para enfrentar el enigma.

    Ninguno dijo nada más hasta llegar a la cima. La azotea era un amplio espacio rebosante de parterres con todo tipo de flores, pero lo que más llamaba la atención eran las numerosas fuentes con estatuas. Parecía el inmenso y laberíntico jardín de un castillo medieval.

    La mayoría de las personas se apresuraban a ir al borde del rascacielos, desde donde viajaba hacia el suelo una cascada multicolor de 200 metros de altura; pero ellos fueron en sentido contrario, cruzaron múltiples esquinas y Ritchie se sintió perdido entre tanta planta y tanta fuente hasta que llegaron a uno de los rincones más alejados y solitarios.

    Allí se erguía una modesta estatua junto a su respectiva fuente, rodeada de cayenas rojas. Se trataba de una pieza en mármol que retrataba a un soldado ¿griego o romano? en tamaño natural, con un escudo en cada mano. Era uno de esos guerreros a los que no les preocupaban sus pies ni sus piernas (porque usaban “falda” y sandalias) y se protegían la cabeza con un “casco cepillo”, como le gustaba llamarlo.

    — ¿Y? ¿Qué hacemos aquí?
    — Bueno, este es el ático en las nubes de Hughes. Esperaba que pudiéramos conseguir la palabra.

    Entornó los ojos hacia la sonrisilla de Hargan.

    — Mejor comienza a escupir la sopa que pierdo la paciencia, Har.

    Una risa le respondió.

    — Ático. Originario de Atenas —señaló la estatua—. Este es un soldado ático. Hughes lo donó a este rascacielos hace siglos.

    Enarcó ambas cejas, volteando a detallar la estatua. No parecía en lo absoluto especial. En su base habían colocado una placa dorada aún brillante que rezaba “Soldado ático en defensa. Donante anónimo”. Frunció el ceño.

    — Dice donante anónimo. ¿Cómo supiste que era de Hughes?
    — Venía sospechando de este edificio y del juego de palabras a causa de la última pista. Se me ocurrió venir a probar suerte anoche. Fíjate en el borde del escudo derecho.

    Volteó a verlo casi indignado.

    — ¿Viniste anoche solo, sin mí?
    — Investigabas los otros edificios y esto fue sólo una corazonada. Fíjate —insistió.

    Esta vez hizo caso. Se inclinó un poco para observar mejor y allí, grabados en la piedra, encontró una serie de números y letras que rodeaban todo el borde.

    — ¿Qué es? Supongo que ya lo sabes.
    — He estado revisando nuestra moneda y descubrí una línea alfanumérica muy similar a esta. Ambas comienzan con cincuenta y tienen la misma extensión. Creo que es una “dirección” de Bitcoin, o algo por el estilo. Hughes ha mencionado en varias ocasiones la palabra dirección.
    — ¿Así es como supiste que la donó Hughes?

    Como respuesta, Hargan se sacó un pequeño objeto parecido a un trompo metálico desde su bolsillo y se lo enseñó desde allí, unos dos segundos antes de volverlo a ocultar y de que él se quedara mirándolo con ojos como platos.

    — ¿De dónde carajo sacaste un témpore? —susurró apremiado, mirando hacia todas partes.
    — Tranquilízate. No habrá distorsiones temporales hoy.

    Tuvo que respirar muy hondo.

    — ¿Entonces ya sabes la palabra? ¿Para qué vinimos?
    — Sólo vi la historia de la estatua, pero la palabra está debajo. En el otro escudo también dejó algo escrito, pero sólo es visible con luz infrarroja. “Me gustan los equipos y el horario laboral –MH”.
    — Así que por eso me trajiste y a esta hora —cabeceó, un tanto decepcionado—. ¿Qué hay que hacer?
    — Si no me equivoco, tocar ambos escudos o intentar bajarlos como palancas. Uno cada uno.
    — O dos el primero y uno el segundo.

    Los dos se quedaron congelados al escuchar el característico sonido de la carga del láser. Pronto, de reojo, pudieron ver a la mujer que les había hablado y ahora les apuntaba desde atrás con un arma de tiro extendido: no muy alta, delgada, de piel muy blanca, ojos rasgados y rostro y cabello ocultos por una máscara de tela y una capucha. Vestía un riguroso traje negro de licra densa y su mano no temblaba un ápice mientras les apuntaba. Las voces de los turistas les llegaban apagadas hasta allí y no se veía una sola alma más en los alrededores.

    De un solo vistazo, Ritchie se fijó en la cámara de seguridad en lo alto de un poste que su mismo dron estaba deshabilitando, como en el ascensor. Esas ironías de la vida.

    — Déjame adivinar. ¿Eres la de Júpiter y Neptuno? —no pudo resistirse a soltar el comentario.
    — Ve por el escudo derecho, recolector —ordenó—. El tendero y yo iremos por el izquierdo.

    Él y Hargan, sin más remedio, intercambiaron una mirada entendida antes de obedecer. Aquella mujer sabía quiénes eran.

    Tocaron los escudos e intentaron empujarlos o encontrar algún mecanismo desencadenante, pero nada resultaba; para irritación de la nueva dama en escena, quien parecía estar a punto de amenazarlos por segunda vez para que escupieran cualquier dato que se estuvieran ocultando. Entonces, desde los altavoces, sonó un mensaje alarmante:

    — Señoras y señores, debemos pedirles que abandonen de inmediato la azotea. Tenemos una alerta de incendio en la zona oeste. Repito, tenemos una alerta de incendio y deben abandonar la azotea de inmediato hasta nuevo aviso.

    Se escucharon numerosos pasos apresurados precipitándose hacia los ascensores. Ellos se observaron, notando de inmediato dos cosas: ellos estaban en la zona oeste y allí no había señal alguna de humo o fuego. Aunque de lo que sí había señal era de la pieza de una fortuna, casualmente.

    — Son los cazadores —anunció ominosa la mujer— ¡Muévanse a abrir esto ya!
    — Ah, claro. ¿Y qué sugieres? —se quejó Ritchie, ya atisbando hacia los posibles caminos de escape— ¿Sobornar al soldado para que nos deje pasar?

    Pese a la frase, en ese momento, se le ocurrió una idea un tanto… ¿estúpida? Los pasos de personal no identificado se acercaban cada vez más rápido a esa zona y podía ver que ellos tres estaban a punto de salir corriendo. No lo hacían aún porque si los cazadores se apoderaban de esa azotea, sería muy difícil arrebatarles la palabra después.

    Así que lo dijo. Situaciones desesperadas requerían de medidas desesperadas.

    — ¡Bésalo!

    Hargan y la desconocida lo miraron como si se hubiera vuelto loco de remate.

    — ¡A la estatua! La última parte de la pista decía “¿les gustan los besos?”, así que, ¿por qué no? Hughes estaba loco. Además, estamos en un rascacielos llamado Afrodita. Afrodita fue amante de Ares; tú eres mujer y este es un soldado… no sé. Tiene algo de sentido.

    Dado que ya casi los iban a pillar, ella no se lo pensó demasiado. Después de todo, lo peor que podía pasar es que no funcionara y tuvieran que salir corriendo en el acto. Se acercó al soldado, se bajó la máscara de tela sólo un momento y pegó sus labios a los labios de mármol. Ritchie tuvo que llevarse la mano a la boca para evitar soltar una carcajada histérica. Si esto no funcionaba, al menos podía decir que lo había disfrutado.

    Al momento siguiente, los tres estaban gritando mientras caían por un pasadizo resbaloso salido de la nada. Cayeron como tres sacos de patatas en una pequeña habitación de ladrillo sin ventanas que apestaba a humedad.

    Él no perdió tiempo en ponerse en pie y correr hacia ella para tratar de arrebatarle el arma. La mujer, sin embargo, reaccionó rápido y lo esquivó una primera vez, pero no una segunda. Ambos trataron de golpearse y forcejearon con la pistola hasta que un reflector los enfocó y una alegre vocecilla inundó la estancia.

    “¡Felicidades, han llegado al recinto de la quinta palabra!”

    Los dos se congelaron, ambos con las manos sobre el arma, mirando hacia el cuadro de la Gorgona con cabello de serpientes que parecía estar hablándoles, colgada en el muro frontal.

    “Para poder mostrarles el ansiado secreto, necesito que me envíen tres BTC a mi dirección. Ya sé que suena como una estafa, pero los BTC están en esta misma habitación. Sólo tienen que encontrarlos. ¡Y rapidito, que tengo prisa!”

    Un contador de diez minutos apareció en un holograma sobre el cuadro. Los segundos empezaron a esfumarse con rapidez.

    Sólo bastó eso para que ellos se alejaran uno del otro y comenzaran a buscar, también en compañía de Hargan.

    — ¿Qué se supone que buscamos? ¿Habla de la dirección en el escudo? ¿Cómo vamos a enviarlos? —soltó la mujer.
    — ¡Encuéntralos primero y luego nos preocuparemos por eso!
    — ¡Son monedas! —anunció Hargan, enseñándoles una moneda de plata que acababa de retirar desde la parte de atrás de un ladrillo—. Aquí pone 0,2 BTC.
    — ¡Faltarían 2,8 BTC! —calculó Ritchie.

    Debajo y detrás de casi todas las baldosas encontraron monedas de plata, cada una con montos diferentes, casi arbitrarios, pero siempre pequeños. Tuvieron que reunir por lo menos veinte monedas para completar los tres BTC y sólo se les ocurrió acumularlas frente al cuadro, a un minuto de que se acabara el tiempo. Por suerte, el contador se detuvo.

    “Ja, ja, lo siento. Las UTXO no estaban muy eficientes, ¿eh? Pero aún falta enviarme los 3 BTC a mi cartera. Ya la copiaste en el portapapeles. Puedo esperar los viejos diez minutos de confirmaciones”.

    El contador se reinició y los tres se miraron, buscando respuestas en el otro.

    — Busquen alguna línea alfanumérica, como la del escudo —instruyó Hargan—. Debe dar a una especie de buzón para poner allí las monedas.

    Ninguno perdió el tiempo. Ritchie fue quien la encontró tras levantar un ladrillo especialmente grande justo debajo del cuadro: daba a una especie de alcantarillado. Quitó otros tres ladrillos para ver la dirección completa, grabada en el metal.

    — ¡Lo tengo!

    Los otros dos se acercaron y la mujer ya venía con varias monedas entre las manos.

    — ¡Alto! —instó Hargan, deteniéndola con un brazo extendido y mirando el lugar con el ceño fruncido.
    — ¿Qué pasa? —inquirió ella, observando también, con la esperanza de encontrar la fuente de inquietud.

    Hargan se retiró unos pasos y manipuló su brazalete electrónico hasta proyectar una línea alfanumérica. La miró de hito en hito con la que estaba grabada bajo el suelo.

    — No es la misma del escudo —anunció—. Empieza por 50, tiene la misma extensión… pero los caracteres son otros.
    — ¿Qué? —soltó Ritchie— ¿Entonces qué hacemos?

    Atisbaron intranquilos hacia los cinco minutos que quedaban. Quien sabe qué pasaría cuando se acabasen.

    — Bajo el cuadro es el lugar más obvio. Es una trampa. Debe haber otra.
    — Genial —resopló la mujer, pero soltó las monedas en el montón y corrió a revisar los otros rincones.

    Ellos la imitaron. A los tres minutos comenzaban a desesperarse, porque no había nada más que moneditas y tierra debajo y detrás de los ladrillos.

    — ¡Maldita sea, anciano! ¡Tiene que ser esa! —se quejó ella.
    — ¡No! ¡Seguro que hay otra, en el sitio menos obvio…! —interrumpió de golpe su búsqueda y miró hacia el techo.

    La mujer y Ritchie resiguieron su mirada y, en los momentos siguientes, ambos estaban disparando hacia allá y esquivando los ladrillos que caían. Al quinto intento, el láser de la pistola de Ritchie descubrió un conducto de ventilación que se perdía hacia arriba. Ella corrió a tomar las monedas, al igual que Hargan. Ritchie suspiró y se agachó debajo del conducto, sabiendo ya cuál sería su tarea.

    Cargó sobre sus hombros a la desconocida mientras ella ponía las monedas en un pequeño buzón adherido al conducto. Tal como había supuesto Hargan, la dirección grabada en este sí era la misma del escudo. Apenas les dio chance de concluir antes de que el tiempo se terminara.

    “Genial, competidores. Ya tengo mis tres BTC. ¡Qué bueno que revisaron que la dirección copiada fuera la correcta! Hay muchos secuestradores de portapapeles por ahí. De enviarla a la incorrecta, la palabra se hubiera vuelto pública, uff. Ahora, una última cosa antes de cederles el secreto. Estamos en el planeta Venus y en un edificio que se llama Afrodita. ¡No podía faltar una KissCam!”

    El reflector regresó a iluminar a Ritchie y a la mujer, que se quedaron con ojos como platos.

    “No tengo el día, sólo un par de minutos. No me hagan abuchear o regalaré la palabra al mundo”.

    El contador volvió a reiniciarse, sólo que esta vez con dos minutos. Los dos iluminados voltearon a verse con horror mientras Hargan se retiraba a una esquina y se llevaba una mano a la boca, aguantándose a duras penas la carcajada.

    — Ni hablar —soltó Ritchie, pálido— No eres mi tipo. Para nada. Te sobran cosas.

    Ella rodó los ojos, harta.

    — Tampoco quiero fundar una familia contigo, imbécil —se bajó la máscara de tela y la capucha, liberando una larga melena negra, sin más remedio—. Pero quiero esa fortuna. No llegué hasta aquí para irme sin nada.

    Ritchie la miró, atónito; aunque no por sus palabras, sino por su rostro. Cuando había besado al soldado arriba apenas se había bajado la tela y fue demasiado rápido para detallarlo.

    — Tú eres de los cazadores —recordó.
    — Y tú vas a mantener la boca cerrada a menos que quieras que les diga a los cazadores cómo exactamente encuentras a tus contactos. Ya sabes. Con ese interesante tatuaje de barras.

    Le lanzó una mirada fulminante. Así que lo había averiguado.

    — ¿Por qué no se los dijiste antes?
    — Fácil. Tampoco estoy de su lado.

    Sin más, ella lo haló del cuello de la camisa y plantó un roce sobre sus labios. Apenas duró unos incómodos segundos antes de que lo dejara ir, ambos con expresión disgustada. Ritchie pensó que si Hughes les pedía un beso francés iría en persona a profanar su tumba en Marte para aplastar, aunque sea, los huesos.

    Por suerte, coló.

    “¡Ja, en realidad me hubiera conformado con los tres BTC!” Maldito fuera Hughes. “Pero muy entretenido. Esta vez sin caja, para todo el equipo: la quinta palabra es Conexión. La siguiente será submarina”.  

    Su sección del suelo se desvaneció, como había sucedido desde la azotea. Tras deslizarse un tramo que se les hizo demasiado largo, cayeron en una piscina solitaria. Ellos nadaron y luego corrieron en dirección opuesta a la cazadora, sin ninguna palabra más.

    Al salir del edificio, por la parte trasera, pudieron ver el clásico holograma en el cielo.

    “¡Quinta palabra recuperada! ¡Quedan siete! El temporizador se reinicia. Siguiente parada: hotel acuático de Titán. Habitación del asesinato. Indicaciones en la puerta. Me gusta El Resplandor”.

    Hora de largarse en dirección a Saturno, entonces.


    Capítulo anterior – Parte IV

    Descargo de responsabilidad: Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, acontecimientos o hechos que aparecen en la misma son producto de la imaginación del autor o bien se usan en el marco de la ficción. Cualquier parecido con personas (vivas o muertas) o hechos reales es pura coincidencia.

    — ¡Maldita sea! Ahora resulta que tenemos a otro entrometido pisándonos los talones. ¡Y sólo tenemos las dos primeras palabras! ¡Vamos dos palabras por detrás, Hargan! —Ritchie aulló de pura frustración, sin dejar de pasearse por la penumbrosa estancia en la que estaban.

    Una luz estática de color naranja se colaba por la ventana. No ayudaba mucho con la iluminación. La atmósfera de Venus seguía siendo tan densa que apenas podía verse el sol a través de sus nubes amarillentas, y las estrellas eran sólo un recuerdo de otros planetas cuando el larguísimo día tocaba su fin. Parecía muy acorde con su propio humor agrio.

    — Los cazadores están igual que nosotros, Ritchie —dijo calmadamente Hargan desde el escritorio, mirando una pantalla holográfica y pasando las yemas de los dedos a toda velocidad sobre un viejo teclado del XXI.

    Siempre podía recurrir a al teclado virtual también, pero prefería el teclado físico. Viejas mañas de hacker. Ritchie, detrás suyo, al fin se detuvo, resopló y enterró la cara entre sus dedos.

    — ¿Estamos seguros de eso? —inquirió el más joven— Es decir, en Júpiter estamos seguros de que no fueron ellos. Llegué antes hasta las instalaciones de donde salió el holograma y no había rastro de su gente. Alguien más, quien sabe quién, se llevó la palabra. Pero, ¿en Neptuno también se la llevó? ¿Qué tal si fueron los mismos cazadores?
    — Ritchie, revisamos la grabación que tomaste desde el tejado de enfrente unas mil veces. Los cazadores salieron corriendo de la mansión apenas apareció el holograma en el cielo y parecían tan sorprendidos como disgustados. No hay que ser adivino para saberlo. Basta con ver sus caras.

    Reflexivo, Ritchie tomó la cabecera de la silla libre y se sentó en ella a horcajadas.

    — ¿Quién crees que sea? ¿Nos habrá estado siguiendo desde la Tierra?
    — No hay nada mejor para operar que el anonimato. Una vez tu enemigo sabe quién eres, sabe también cómo defenderse en tu contra —Hargan cabeceó, sin dejar de teclear—. Sea quien sea, no se mostrará con facilidad. Incluso, puede ser…

    Tras una pausa inquietante, Ritchie instó:

    — ¿Qué?
    — Puede ser que el ganador de Júpiter no sea el mismo que el de Neptuno.
    — ¿Estás diciendo que ahora no tenemos dos individuos/grupos enemigos, sino tres? Cool —bufó.
    — No lo sabemos, pero es una posibilidad.
    — Dices que el anonimato es lo mejor para operar. ¿No deberíamos descubrir entonces quién más está detrás de nuestro tesoro?
    — Probablemente. Pero ese es trabajo de campo.
    — No todo. Sería bueno saber por dónde comenzar, al menos. ¿Alguna idea?
    — Supongo que a ti se te habrá ocurrido también: debe haber un traidor entre los cazadores. O incluso varios.

    Asintió, pensativo. En efecto, ya había pasado por su cabeza también. La tentación era demasiado grande como para que alguien no intentara pasarse de listo en un grupo ilegal.

    — Sin embargo, puede ser cualquiera. A estas alturas, “Caza del Tesoro Solar” es tendencia en MicroB. Incluso abrieron una nueva cuenta para describir todos los avances desde el principio. Incluye fotos de todos los mensajes de Hughes hasta el momento.

    Para su mortificación, Hargan dividió la pantalla holográfica y lanzó un trozo hacia él, mostrándole la ventana abierta de la mencionada cuenta en la red social. Gruñó irritado mientras subía en el hilo, viendo pasar cada mensaje aéreo de Hughes frente a sus ojos, desde el que incluía el disco hasta la última indicación a Venus.

    Entre los comentarios se intercalaban teorías sobre quiénes eran los competidores. El nombre de Hargan había salido ya a colación porque su tienda había sido el punto del primer holograma. Otros, juraban que los cazadores rojos o el gobierno tenían que estar involucrados, e incluso declaraban ser ellos los dueños de las palabras de Júpiter y Neptuno.

    Otros más, bastantes en realidad, se burlaban sobre la inutilidad de buscar “bitcoins”, una moneda que ya no valía nada.

    — ¿Los polis o equivalentes meterán la nariz en esto? —inquirió preocupado, usando el índice para navegar entre el contenido de la pantalla.
    — Poco probable. Una “caza del tesoro” no es ilegal. Menos una donde se busca una moneda que, aparentemente, no vale nada. Puede que ronden los lugares para evitar posibles desastres, pero nada más.
    — Te equivocas con lo de que puede ser cualquiera.

    Hargan le respondió con una sonrisa y un vistazo al cambio de tema. Sabía de lo que hablaba. Aun así, continuó:

    — Definitivamente no son los idiotas de MicroB predicando que son ellos. Es alguien astuto, con acceso a los suficientes recursos para emprender el viaje y mantenerse al nivel de los demás competidores, pero sin tantos recursos. Alguien con demasiados recursos no se molestaría en perseguir una fortuna que puede ser imaginaria.
    — Pese a eso, los cazadores están detrás de esa fortuna que puede ser imaginaria.
    — Saben algo que los demás no. Algo por lo que buscaron el disco en primer lugar.

    Hargan asintió.

    — Diría que la competencia está reñida a este punto. Ellos tienen ese conocimiento misterioso más dos palabras. Nosotros tenemos la moneda, el disco y esas mismas dos palabras. Otras dos palabras descansan en las manos de uno o dos individuos o grupos desconocidos, que cuentan con ventaja precisamente porque no sabemos quiénes son, con qué recursos cuentan ni cuánto saben.
    — La teoría del traidor entre los cazadores me gusta. Tiene fuerza. Veré qué susurros consigo.
    — Recuerda que les contaste sobre todos tus contactos.

    Sonrió malicioso.

    — ¿Y quién dice que mis contactos conservan sus nombres y residencias por mucho tiempo? Nunca preguntaron cómo los encontraba.

    Hargan soltó una risa.

    — Nunca hacen las preguntas correctas.
    — Nunca hacen las preguntas correctas —confirmó, aunque algo en su pecho se removió inquieto al recordar el ¿interrogatorio? de Soras.

    Bah. Seguro que sólo había sido un farol para asustarlo. Se puso en pie, dispuesto a salir a investigar entre sus contactos de Yellow Silk Road.

    — ¿Algún avance sobre ese “ático en las nubes”? —preguntó antes de intentar ponerse en marcha.
    — Estoy haciendo un listado de todas las propiedades de Hughes en este planeta —Hargan cabeceó—. La más llamativa es esa otra mansión, la Casa Negra. Cada rincón está pintado de negro, pero sólo tiene dos pisos. Supongo que tiene algún ático, pero no cuadra con la descripción de “en las nubes”, precisamente. La casa está en el campo y, como te dije, no es muy alta.
    — ¿Y qué tal si eso de “en las nubes” hace alusión a algún cuadro o lugar específico y no a la altura?
    — Lo consideré. Pero primero necesitamos marcar objetivos, así que necesitamos la lista de posibles candidatos —bufó—. Por desgracia, Venus es uno de los planetas donde Hughes tenía más propiedades.
    — Bueno, ya aterrizamos cerca de esa casa, así que vale la pena echar un vistazo.
    — Ten cuidado. Los cazadores habrán tenido la misma idea… y el ojo de Rosu puede atravesar tela de camuflaje —el tonillo alegre no cuadraba con la advertencia.

    Frunció el ceño mientras Hargan se reía. Entre los recolectores, era una especie de “deshonra” ser capturado. Su especialidad era escapar.

    — Bah, cállate —sin más, llegó hasta la puerta y buscó las escaleras para abandonar el hostal.

    **

    Un ático en un rascacielos llamado Aphrodite, justo en medio de Athenas, la hirviente capital de New Troy, una de las naciones presentes en Venus. Al menos, esa había sido la conclusión de Hargan y por eso ambos estaban subiendo al ascensor como si tal, tres días después, tras conseguir pases de visitantes para turistear las famosas fuentes con cascada en la azotea del Aphrodite.

    Como había demasiados ascensores disponibles y también otras atracciones incluso más impresionantes en la ciudad, pudieron darse el lujo de subir a un solo ascensor ellos solos. Ritchie lanzó un dron del tamaño de una gota nada más entrar, con la intención de bloquear la cámara. Sólo tras unos segundos de ascenso se permitió explotar.

    — ¡El edificio ni siquiera es de Hughes! ¡Y tiene una azotea, no un ático!

    Hargan sonrió, sin mirarlo.

    — El ático puede ser el equivalente de un penthouse. Pero apuesto a que Hughes disfrutaba los juegos de palabras… por eso nos dirigimos a la azotea.
    — Ok, eres muy listo. ¿Por qué tan reacio a compartir información?
    — Por si te capturan.
    — Ja-ja. Hieres mis sentimientos. ¿Crees que estén por aquí?
    — Es una posibilidad. Temo que no es muy difícil atar cabos en esta ocasión, y eso me inquieta. Hughes nos tiene preparado un truco. Debemos estar alertas.
    — Más vale que tengas razón con respecto a este rascacielos —resopló y se cruzó de brazos—. No debiste venir. Dividirnos ha probado ser una buena idea.
    — Esta vez, nos serán útiles dos personas para enfrentar el enigma.

    Ninguno dijo nada más hasta llegar a la cima. La azotea era un amplio espacio rebosante de parterres con todo tipo de flores, pero lo que más llamaba la atención eran las numerosas fuentes con estatuas. Parecía el inmenso y laberíntico jardín de un castillo medieval.

    La mayoría de las personas se apresuraban a ir al borde del rascacielos, desde donde viajaba hacia el suelo una cascada multicolor de 200 metros de altura; pero ellos fueron en sentido contrario, cruzaron múltiples esquinas y Ritchie se sintió perdido entre tanta planta y tanta fuente hasta que llegaron a uno de los rincones más alejados y solitarios.

    Allí se erguía una modesta estatua junto a su respectiva fuente, rodeada de cayenas rojas. Se trataba de una pieza en mármol que retrataba a un soldado ¿griego o romano? en tamaño natural, con un escudo en cada mano. Era uno de esos guerreros a los que no les preocupaban sus pies ni sus piernas (porque usaban “falda” y sandalias) y se protegían la cabeza con un “casco cepillo”, como le gustaba llamarlo.

    — ¿Y? ¿Qué hacemos aquí?
    — Bueno, este es el ático en las nubes de Hughes. Esperaba que pudiéramos conseguir la palabra.

    Entornó los ojos hacia la sonrisilla de Hargan.

    — Mejor comienza a escupir la sopa que pierdo la paciencia, Har.

    Una risa le respondió.

    — Ático. Originario de Atenas —señaló la estatua—. Este es un soldado ático. Hughes lo donó a este rascacielos hace siglos.

    Enarcó ambas cejas, volteando a detallar la estatua. No parecía en lo absoluto especial. En su base habían colocado una placa dorada aún brillante que rezaba “Soldado ático en defensa. Donante anónimo”. Frunció el ceño.

    — Dice donante anónimo. ¿Cómo supiste que era de Hughes?
    — Venía sospechando de este edificio y del juego de palabras a causa de la última pista. Se me ocurrió venir a probar suerte anoche. Fíjate en el borde del escudo derecho.

    Volteó a verlo casi indignado.

    — ¿Viniste anoche solo, sin mí?
    — Investigabas los otros edificios y esto fue sólo una corazonada. Fíjate —insistió.

    Esta vez hizo caso. Se inclinó un poco para observar mejor y allí, grabados en la piedra, encontró una serie de números y letras que rodeaban todo el borde.

    — ¿Qué es? Supongo que ya lo sabes.
    — He estado revisando nuestra moneda y descubrí una línea alfanumérica muy similar a esta. Ambas comienzan con cincuenta y tienen la misma extensión. Creo que es una “dirección” de Bitcoin, o algo por el estilo. Hughes ha mencionado en varias ocasiones la palabra dirección.
    — ¿Así es como supiste que la donó Hughes?

    Como respuesta, Hargan se sacó un pequeño objeto parecido a un trompo metálico desde su bolsillo y se lo enseñó desde allí, unos dos segundos antes de volverlo a ocultar y de que él se quedara mirándolo con ojos como platos.

    — ¿De dónde carajo sacaste un témpore? —susurró apremiado, mirando hacia todas partes.
    — Tranquilízate. No habrá distorsiones temporales hoy.

    Tuvo que respirar muy hondo.

    — ¿Entonces ya sabes la palabra? ¿Para qué vinimos?
    — Sólo vi la historia de la estatua, pero la palabra está debajo. En el otro escudo también dejó algo escrito, pero sólo es visible con luz infrarroja. “Me gustan los equipos y el horario laboral –MH”.
    — Así que por eso me trajiste y a esta hora —cabeceó, un tanto decepcionado—. ¿Qué hay que hacer?
    — Si no me equivoco, tocar ambos escudos o intentar bajarlos como palancas. Uno cada uno.
    — O dos el primero y uno el segundo.

    Los dos se quedaron congelados al escuchar el característico sonido de la carga del láser. Pronto, de reojo, pudieron ver a la mujer que les había hablado y ahora les apuntaba desde atrás con un arma de tiro extendido: no muy alta, delgada, de piel muy blanca, ojos rasgados y rostro y cabello ocultos por una máscara de tela y una capucha. Vestía un riguroso traje negro de licra densa y su mano no temblaba un ápice mientras les apuntaba. Las voces de los turistas les llegaban apagadas hasta allí y no se veía una sola alma más en los alrededores.

    De un solo vistazo, Ritchie se fijó en la cámara de seguridad en lo alto de un poste que su mismo dron estaba deshabilitando, como en el ascensor. Esas ironías de la vida.

    — Déjame adivinar. ¿Eres la de Júpiter y Neptuno? —no pudo resistirse a soltar el comentario.
    — Ve por el escudo derecho, recolector —ordenó—. El tendero y yo iremos por el izquierdo.

    Él y Hargan, sin más remedio, intercambiaron una mirada entendida antes de obedecer. Aquella mujer sabía quiénes eran.

    Tocaron los escudos e intentaron empujarlos o encontrar algún mecanismo desencadenante, pero nada resultaba; para irritación de la nueva dama en escena, quien parecía estar a punto de amenazarlos por segunda vez para que escupieran cualquier dato que se estuvieran ocultando. Entonces, desde los altavoces, sonó un mensaje alarmante:

    — Señoras y señores, debemos pedirles que abandonen de inmediato la azotea. Tenemos una alerta de incendio en la zona oeste. Repito, tenemos una alerta de incendio y deben abandonar la azotea de inmediato hasta nuevo aviso.

    Se escucharon numerosos pasos apresurados precipitándose hacia los ascensores. Ellos se observaron, notando de inmediato dos cosas: ellos estaban en la zona oeste y allí no había señal alguna de humo o fuego. Aunque de lo que sí había señal era de la pieza de una fortuna, casualmente.

    — Son los cazadores —anunció ominosa la mujer— ¡Muévanse a abrir esto ya!
    — Ah, claro. ¿Y qué sugieres? —se quejó Ritchie, ya atisbando hacia los posibles caminos de escape— ¿Sobornar al soldado para que nos deje pasar?

    Pese a la frase, en ese momento, se le ocurrió una idea un tanto… ¿estúpida? Los pasos de personal no identificado se acercaban cada vez más rápido a esa zona y podía ver que ellos tres estaban a punto de salir corriendo. No lo hacían aún porque si los cazadores se apoderaban de esa azotea, sería muy difícil arrebatarles la palabra después.

    Así que lo dijo. Situaciones desesperadas requerían de medidas desesperadas.

    — ¡Bésalo!

    Hargan y la desconocida lo miraron como si se hubiera vuelto loco de remate.

    — ¡A la estatua! La última parte de la pista decía “¿les gustan los besos?”, así que, ¿por qué no? Hughes estaba loco. Además, estamos en un rascacielos llamado Afrodita. Afrodita fue amante de Ares; tú eres mujer y este es un soldado… no sé. Tiene algo de sentido.

    Dado que ya casi los iban a pillar, ella no se lo pensó demasiado. Después de todo, lo peor que podía pasar es que no funcionara y tuvieran que salir corriendo en el acto. Se acercó al soldado, se bajó la máscara de tela sólo un momento y pegó sus labios a los labios de mármol. Ritchie tuvo que llevarse la mano a la boca para evitar soltar una carcajada histérica. Si esto no funcionaba, al menos podía decir que lo había disfrutado.

    Al momento siguiente, los tres estaban gritando mientras caían por un pasadizo resbaloso salido de la nada. Cayeron como tres sacos de patatas en una pequeña habitación de ladrillo sin ventanas que apestaba a humedad.

    Él no perdió tiempo en ponerse en pie y correr hacia ella para tratar de arrebatarle el arma. La mujer, sin embargo, reaccionó rápido y lo esquivó una primera vez, pero no una segunda. Ambos trataron de golpearse y forcejearon con la pistola hasta que un reflector los enfocó y una alegre vocecilla inundó la estancia.

    “¡Felicidades, han llegado al recinto de la quinta palabra!”

    Los dos se congelaron, ambos con las manos sobre el arma, mirando hacia el cuadro de la Gorgona con cabello de serpientes que parecía estar hablándoles, colgada en el muro frontal.

    “Para poder mostrarles el ansiado secreto, necesito que me envíen tres BTC a mi dirección. Ya sé que suena como una estafa, pero los BTC están en esta misma habitación. Sólo tienen que encontrarlos. ¡Y rapidito, que tengo prisa!”

    Un contador de diez minutos apareció en un holograma sobre el cuadro. Los segundos empezaron a esfumarse con rapidez.

    Sólo bastó eso para que ellos se alejaran uno del otro y comenzaran a buscar, también en compañía de Hargan.

    — ¿Qué se supone que buscamos? ¿Habla de la dirección en el escudo? ¿Cómo vamos a enviarlos? —soltó la mujer.
    — ¡Encuéntralos primero y luego nos preocuparemos por eso!
    — ¡Son monedas! —anunció Hargan, enseñándoles una moneda de plata que acababa de retirar desde la parte de atrás de un ladrillo—. Aquí pone 0,2 BTC.
    — ¡Faltarían 2,8 BTC! —calculó Ritchie.

    Debajo y detrás de casi todas las baldosas encontraron monedas de plata, cada una con montos diferentes, casi arbitrarios, pero siempre pequeños. Tuvieron que reunir por lo menos veinte monedas para completar los tres BTC y sólo se les ocurrió acumularlas frente al cuadro, a un minuto de que se acabara el tiempo. Por suerte, el contador se detuvo.

    “Ja, ja, lo siento. Las UTXO no estaban muy eficientes, ¿eh? Pero aún falta enviarme los 3 BTC a mi cartera. Ya la copiaste en el portapapeles. Puedo esperar los viejos diez minutos de confirmaciones”.

    El contador se reinició y los tres se miraron, buscando respuestas en el otro.

    — Busquen alguna línea alfanumérica, como la del escudo —instruyó Hargan—. Debe dar a una especie de buzón para poner allí las monedas.

    Ninguno perdió el tiempo. Ritchie fue quien la encontró tras levantar un ladrillo especialmente grande justo debajo del cuadro: daba a una especie de alcantarillado. Quitó otros tres ladrillos para ver la dirección completa, grabada en el metal.

    — ¡Lo tengo!

    Los otros dos se acercaron y la mujer ya venía con varias monedas entre las manos.

    — ¡Alto! —instó Hargan, deteniéndola con un brazo extendido y mirando el lugar con el ceño fruncido.
    — ¿Qué pasa? —inquirió ella, observando también, con la esperanza de encontrar la fuente de inquietud.

    Hargan se retiró unos pasos y manipuló su brazalete electrónico hasta proyectar una línea alfanumérica. La miró de hito en hito con la que estaba grabada bajo el suelo.

    — No es la misma del escudo —anunció—. Empieza por 50, tiene la misma extensión… pero los caracteres son otros.
    — ¿Qué? —soltó Ritchie— ¿Entonces qué hacemos?

    Atisbaron intranquilos hacia los cinco minutos que quedaban. Quien sabe qué pasaría cuando se acabasen.

    — Bajo el cuadro es el lugar más obvio. Es una trampa. Debe haber otra.
    — Genial —resopló la mujer, pero soltó las monedas en el montón y corrió a revisar los otros rincones.

    Ellos la imitaron. A los tres minutos comenzaban a desesperarse, porque no había nada más que moneditas y tierra debajo y detrás de los ladrillos.

    — ¡Maldita sea, anciano! ¡Tiene que ser esa! —se quejó ella.
    — ¡No! ¡Seguro que hay otra, en el sitio menos obvio…! —interrumpió de golpe su búsqueda y miró hacia el techo.

    La mujer y Ritchie resiguieron su mirada y, en los momentos siguientes, ambos estaban disparando hacia allá y esquivando los ladrillos que caían. Al quinto intento, el láser de la pistola de Ritchie descubrió un conducto de ventilación que se perdía hacia arriba. Ella corrió a tomar las monedas, al igual que Hargan. Ritchie suspiró y se agachó debajo del conducto, sabiendo ya cuál sería su tarea.

    Cargó sobre sus hombros a la desconocida mientras ella ponía las monedas en un pequeño buzón adherido al conducto. Tal como había supuesto Hargan, la dirección grabada en este sí era la misma del escudo. Apenas les dio chance de concluir antes de que el tiempo se terminara.

    “Genial, competidores. Ya tengo mis tres BTC. ¡Qué bueno que revisaron que la dirección copiada fuera la correcta! Hay muchos secuestradores de portapapeles por ahí. De enviarla a la incorrecta, la palabra se hubiera vuelto pública, uff. Ahora, una última cosa antes de cederles el secreto. Estamos en el planeta Venus y en un edificio que se llama Afrodita. ¡No podía faltar una KissCam!”

    El reflector regresó a iluminar a Ritchie y a la mujer, que se quedaron con ojos como platos.

    “No tengo el día, sólo un par de minutos. No me hagan abuchear o regalaré la palabra al mundo”.

    El contador volvió a reiniciarse, sólo que esta vez con dos minutos. Los dos iluminados voltearon a verse con horror mientras Hargan se retiraba a una esquina y se llevaba una mano a la boca, aguantándose a duras penas la carcajada.

    — Ni hablar —soltó Ritchie, pálido— No eres mi tipo. Para nada. Te sobran cosas.

    Ella rodó los ojos, harta.

    — Tampoco quiero fundar una familia contigo, imbécil —se bajó la máscara de tela y la capucha, liberando una larga melena negra, sin más remedio—. Pero quiero esa fortuna. No llegué hasta aquí para irme sin nada.

    Ritchie la miró, atónito; aunque no por sus palabras, sino por su rostro. Cuando había besado al soldado arriba apenas se había bajado la tela y fue demasiado rápido para detallarlo.

    — Tú eres de los cazadores —recordó.
    — Y tú vas a mantener la boca cerrada a menos que quieras que les diga a los cazadores cómo exactamente encuentras a tus contactos. Ya sabes. Con ese interesante tatuaje de barras.

    Le lanzó una mirada fulminante. Así que lo había averiguado.

    — ¿Por qué no se los dijiste antes?
    — Fácil. Tampoco estoy de su lado.

    Sin más, ella lo haló del cuello de la camisa y plantó un roce sobre sus labios. Apenas duró unos incómodos segundos antes de que lo dejara ir, ambos con expresión disgustada. Ritchie pensó que si Hughes les pedía un beso francés iría en persona a profanar su tumba en Marte para aplastar, aunque sea, los huesos.

    Por suerte, coló.

    “¡Ja, en realidad me hubiera conformado con los tres BTC!” Maldito fuera Hughes. “Pero muy entretenido. Esta vez sin caja, para todo el equipo: la quinta palabra es Conexión. La siguiente será submarina”.  

    Su sección del suelo se desvaneció, como había sucedido desde la azotea. Tras deslizarse un tramo que se les hizo demasiado largo, cayeron en una piscina solitaria. Ellos nadaron y luego corrieron en dirección opuesta a la cazadora, sin ninguna palabra más.

    Al salir del edificio, por la parte trasera, pudieron ver el clásico holograma en el cielo.

    “¡Quinta palabra recuperada! ¡Quedan siete! El temporizador se reinicia. Siguiente parada: hotel acuático de Titán. Habitación del asesinato. Indicaciones en la puerta. Me gusta El Resplandor”.

    Hora de largarse en dirección a Saturno, entonces.


    Capítulo anterior – Parte IV

    Descargo de responsabilidad: Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, acontecimientos o hechos que aparecen en la misma son producto de la imaginación del autor o bien se usan en el marco de la ficción. Cualquier parecido con personas (vivas o muertas) o hechos reales es pura coincidencia.

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